Cuando vivía en su Cracovia natal, Dominika Berger tenía un sueño recurrente: por la mañana, se despertaba y se disponía a empezar el día, pero no lograba abrir los ojos. “Era inquietante -comenta- pero no muy angustiante”. Después de licenciarse en Bellas Artes, se instaló en Barcelona para hacer un doctorado sobre rostro e identidad. El sueño parecía haber desaparecido. Dejó todas sus herramientas de pintura y todo lo que había pintado hasta entonces en Cracovia: “Creo que es muy sano hacer una limpieza así después de los estudios”. Sin embargo, al empezar a pintar en Barcelona aparecieron grandes caras -la suya propia- con los ojos cerrados. El rostro dibujado, a fuerza de haber sido trabajado y castigado, se convierte en una obra casi abstracta. Los párpados sellados prohíben el paso a un universo del que, sin embargo, se perciben las tensiones, el desasosiego, la nostalgia o el extraño equilibrio que el observador quiera encontrar allí.

Esa intersección entre la pintura figurativa y la abstracta es una de las características que más se ha subrayado de la pintura de Dominika Berger. Incluso ella misma asegura disfrutar en esa posición intermedia: “El punto de partida es el dibujo, muy grande y clásico. Dedico muchas horas al dibujo, y luego viene una verdadera lucha en la que trabajo sobre la tela y vuelvo sobre ella muchas veces, le añado pintura, se la quito, la hiero”. Hasta que en ocasiones cree que ha perdido para siempre la obra y llega a la desolación: “De esa tristeza, que es rabia y que tiene que ser verdadera, es de donde nace lo mejor, la obra buena, la que después me gusta”.

De sus años de formación en Cracovia agradece la disciplina y las horas dedicadas a la técnica del dibujo. Asegura que todo eso está en su bagaje, igual que el clima y el carácter de la gente de un país, Polonia, que considera “muy denso y muy duro: la gente se deprime, con una conciencia dolorosa de que tiene que vivir; pero también leen más y hablan más”. Sin embargo, ahora disfruta de la luz en su estudio cercano a la plaza de España. Después de presentarse “a todos los premios de pintura de Catalunya que conocía”, captó el interés del galerista Raimond Maragall, quien le puso en contacto con la galería Ignacio de Lassaletta. Entre los premios y reconocimientos que ha recibido, en el 2014 le otorgaron la Medalla de Honor del premio BMW de Pintura, que recibió de manos de la Reina Sofía.

Diecisiete años después de venir a Barcelona para el doctorado, ya no cree que vuelva a Cracovia, aunque la visita con frecuencia, con sus dos hijos. Pasó algún tiempo hasta que asoció las imágenes de sus caras obsesivas con el sueño recurrente que tenía en Cracovia. Y ahora, cuando es consciente de que sus obras “también reflejan el paso del tiempo y una evolución”, se plantea qué verían esos rostros con los ojos abiertos.

Sònia Hernández